Por Cristina Font Haro

Publicado: Brupek.com 25/01/2017

Hoy en día es posible percibir la unión de “violencia” y “juventud” en muchas esferas: política, económica, social, dentro de la familia, en los centros escolares, en las calles, etc. Esta situación hace preguntarnos el porqué de la violencia juvenil, en qué condiciones aparece, si todo acto de vandalismo o violencia juvenil entra en una misma categoría  y cómo sería posible erradicarla.

Según Antonio Pueyo (2005) existe una tendencia general a que cuando hablamos de violencia juvenil solemos considerar el papel activo, como agente, del joven en la violencia. Pero, pocas veces nos damos cuenta como de hecho es y no de forma marginal en cuanto a la prevalencia,  que los jóvenes son tanto agresores como víctimas de la violencia juvenil. Aún así, desde una perspectiva adultocéntrica, los jóvenes que protagonizan la violencia son observados como una amenaza para el resto de la sociedad y como los únicos culpables de los crímenes cometidos. Esta profunda matriz cultural impulsa una visión sobre la juventud como etapa de transición a ser superada, que debiera encaminar hacia lo correcto y valorado socialmente, lo que queda representado en la imagen de ´la adultez´. Impidiendo de esta forma que las políticas escuchen a los jóvenes y entiendan sus problemáticas en un tiempo presente.

Grupos violentos en Latinoamérica

La realidad para muchos jóvenes latinoamericanos presenta una tonalidad de colores sombríos, ya que muchos de ellos podrían acabar envueltos en casos de violencia juvenil. Ésta es una percepción compartida y generalizada en Latinoamérica, ya que cada día se observa un aumento diario en número de niños, niñas y jóvenes de sectores empobrecidos que se ven insertos en bandas de crimen organizado. De hecho, como expone Germán Díaz, existe toda una literatura emergente que muestra como en países tales como Brasil, Colombia, México y algunos de Centro América, se dan éstas prácticas, además de haber sido aceleradas, la edad estimada de ingreso en las bandas a descendido hasta los 12 y 13 años. Aunque se deberían estudiar los factores de cada país por separado, es plausible afirmar como factor común la existencia de una problemática social como causa de los conflictos y violencia. Es decir, en estos países se da una gran desigualdad social y económica, lo que conlleva a una sociedad enferma, donde no existe capital social (confianza) ni seguridad. Además, no existe un Estado paternalista que tenga la capacidad de proteger a su ciudadanía. Por lo que, este tipo de sociedades se rigen por una cultura de violencia.

En un contexto de pobreza aguda, la exclusión y desigualdad que sufren muchos niños, niñas y jóvenes genera frustraciones y un sentimiento constante de expulsión por parte de la sociedad. Esta sensación de abandono combinada con otros factores de riesgo,  como familias disfuncionales y con escasa supervisión parental, historiales de violencia, drogadicción y alcoholismo, padres involucrados en actos ilícitos, carencias económicas, etc. Son la antesala para que muchos jóvenes terminen finalmente involucrados con redes criminales.

En el 2005, el antropólogo inglés Luke Dowdney analizó en base a relatos entregados por los propios jóvenes inmersos en bandas criminales, cuáles fueron las principales motivaciones y factores de riesgos que llevaron a estos jóvenes a involucrarse en estas bandas. Los principales factores de riesgo quedan registrados en la siguiente tabla (tabla 1).

Como se observa en la tabla 1, además de las desigualdades sociales y económicas y problemas familiares ya mencionados, la violencia percibida y recibida por parte del Estado es uno de los factores de riesgo.

Cuadro 1_ Principales motivaciones y factores de riesgo que llevan a los jóvenes a involucrarse en bandas Fuente: citado por Germán Díaz en “Niños, niñas, jóvenes vinculados a redes de crimen organizado. Algunas reflexiones sobre el contexto Latinoamericano”

CUADRO 1_ PRINCIPALES MOTIVACIONES Y FACTORES DE RIESGO QUE LLEVAN A LOS JÓVENES A INVOLUCRARSE EN BANDAS
FUENTE: CITADO POR GERMÁN DÍAZ EN “NIÑOS, NIÑAS, JÓVENES VINCULADOS A REDES DE CRIMEN ORGANIZADO. ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL CONTEXTO LATINOAMERICANO”

 

Ahora bien, ¿qué tienen en común las pandillas juveniles en Ecuador, las maras en Honduras o los grupos de las drogas en las favelas de Río de Janeiro en Brasil? Todas ellas emplean/reclutan a menores  como miembros de la pandilla/mara/grupo, siendo su afiliación un factor de riesgo inmediato en la vida de estos menores, ya que las posibilidades de ser víctimas de un acto violento o incluso de morir antes de cumplir la mayoría de edad son elevadas. La Fundación Compartir Honduras estima en 34.000 el número de jóvenes que forman parte de bandas criminales, pero son muy pocos los que celebran su 30 cumpleaños, por lo que las maras necesitan reclutar continuamente a nuevos miembros. De ahí que la edad haya descendido alrededor de los 10 años. En Brasil se estima que los grupos de drogas tienen 4 mil niños combatientes usando armas bélicas y participando en intermitentes e intensos conflictos territoriales con otras facciones. Son responsables de la mayoría de las 3000 muertes por arma de fuego que cada año se registran en la ciudad.

Pero, aún sabiendo el fatal final que les espera, ¿por qué los más jóvenes se unen a ellas? En un contexto de exclusión social y de desvinculación familiar, no es difícil imaginar que los jóvenes se aboquen a las agrupaciones juveniles en búsqueda del poder, respeto, reconocimiento, afecto y procesos de identificación que de otro modo les son negados. Según Andreina Torres (2006), en Ecuador, sociedad de base cultural masculina, da gran importancia a ciertos valores y actitudes como agresividad, valentía, poder, riesgo, dinero, etc. que encuentran en las pandillas un medio de realización.

Además, como ya ha sido mencionado, allí donde no llega el Estado, llegan las pandillas. Es decir, éstos han redefinido la estructura administrativa de las ciudades, la red de seguridad estatal (fuerzas nacionales de seguridad), y los servicios que este ofrece. En Honduras, desde hace una década se está dando un proceso de migración de personas que dejan sus casas por amenazas de pandilleros. Inicialmente ocuparon casas de clases marginales o muy bajas, pero ahora están subiendo en la escala social hasta llegar a la clase media. Las agrupaciones ilícitas han diversificado sus actos delictivos, pasando del robo y trapicheo con drogas a ser el brazo asesino de las bandas de poderosos narcotraficantes. Esta gran problemática social no es denunciada, ya que la gente desaloja sus casas sin decir nada por temor a ser asesinadas. Una de las zonas más problemáticas de Honduras se encuentra en “El Hoyo”, un cañón  dentro de la colonia Peña por Bajo de Comayagüela, semejante a las favelas de Río de Janeiro, donde la carencia de servicios básicos, significativas condiciones de pobreza y alta inseguridad por la presencia del crimen organizado los vuelven zonas indómitas.

La coordinadora del Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), Migdonia Ayestas (2013), considera que la población afectada por este fenómeno prefiere sufrir en silencio estos actos de agresión ya que no confía mucho en los cuerpos de protección del Estado. “No se denuncia por miedo a los grupos criminales y la desconfianza ante el operador de seguridad y justicia, sumado a la falta de acción policial en los barrios dominados…[…]…ciertos sectores de la ciudadanía están en riesgo porque el Estado no ha establecido mecanismos de control del territorio, proteger las vidas de las personas y sus bienes”. Esta misma realidad es aplicable a otros países.

Concluyentemente, habiendo nacido en tal escenario, ¿qué probabilidad hay que el menor no se vea atrapado por la inercia del sistema? Ínfima, ya que todos jugamos un rol en nuestros sistemas. Entonces, la pregunta es ¿cuál es el susodicho sistema? ¿el diseñado por el Estado o por las bandas violentas?

Situación en España

Desde el año 2000 que se tiene constancia de la aparición de bandas organizadas de carácter latino en España. Desde entonces, éstas han crecido tanto cuantitativa como cualitativamente. La opinión pública se encuentra diversificada, mientras el periódico El Mundo (2010) alega que “se han materializado en la comisión de robos con violencia o intimidación; atentado a agentes de la autoridad; tráfico de estupefacientes; alteración del orden público; amenazas; agresiones físicas y lesiones, posesión de armas de fuego y armas blancas y tentativas de homicidios”. Otras fuentes como el periódico El País (2014) afirman que “estos grupos se financian con robos callejeros en parques, en los que apoderan de pequeñas y de objetos de valor como móviles. Tampoco descartan los hurtos, pero prefieren ejercer la intimidación hacia sus víctimas y, en menor medida, la violencia. Eso sí, siempre se trata de delincuencia de baja intensidad”.

No obstante, en España el pandillero oscila entre los 14 y los 23 años. La policía también constata que de cada vez son más jóvenes, lo cual conlleva que cuanto más jóvenes sean, más peligrosos resulten porque existe una mayor rivalidad entre ellos. El perfil del pandillero está a su vez bien definido. Se trata de adolescentes que están de manera regular en España, que han llegado a través del reagrupamiento familiar y consiguen trabajos esporádicos, generalmente, muy mal remunerados. Tampoco suelen tener formación ni aprender un oficio. En caso de estar estudiando, se caracterizan por un altísimo fracaso escolar. Suelen ser varones pertenecientes a nacionalidades como la ecuatoriana y la dominicana, seguidas en menor medida por la colombiana, la boliviana y españoles. Aunque también hay casos de muchachos marroquíes y rumanos.

La gran diferencia entre las bandas en España o en países de latinoamericanos es que en España los menores no hacen de la pandilla su forma de vida, pero si que le dan vida a ésta. De aquí que conforme crecen y se asienten en el país, acaben por abandonar el grupo.

¿Cómo resocializarlos?

¿Cómo resocializarlos? Esta es una pregunta difícil de responder, ya que no es posible dar una única respuesta. Cada país implica una realidad distinta, por lo que cada una requiere una acción concreta y específica.

Generalizando, sería acertado decir que toda acción debe ser planeada desde la acción social, ampliando así las capacidades inclusivas de la sociedad y posibilitando la implicación de la ciudadanía. A su vez, tanto el Estado como la ciudadanía debería auto cuestionarse su responsabilidad frente a estos jóvenes, ya que el desamparo sufrido, es el que ha permitido que  aprendieran a relacionarse con el conflicto de modo cotidiano. Por lo que, desde las políticas públicas se deberían crear estrategias de prevención y promoción que giren en torno a la educación, la cultura y el espacio público tanto para los jóvenes como sus familiares.

Fuente: Brupek.com

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