Por Cristina Font Haro

Publicado: Brupek.com 30/01/2017

 “En las sociedades desgarradas por la guerra…muchas veces son las mujeres las que hacen que las sociedades salgan adelante. Por eso, muchas veces son las principales defensoras de la paz. Debemos asegurarnos de que las mujeres puedan participar plenamente en las negociaciones de paz, los procesos de paz y las misiones de paz”. – Kofi Annan

¿Qué tienen en común la Guerra Civil en Sudán, la Rebelión en Libia o la guerra civil en Siria? En todas existen misiones de mantenimiento de la paz dirigidas por las Naciones Unidas. Desde su fundación el 24 de octubre de 1945, la ONU ha sido la mayor organización internacional existente garante de los derechos humanos y asistencia humanitaria.

Desde su fundación hasta día de hoy, el mundo se ha vuelto mucho más complejo: el número de Estados ha crecido, dándose un incremento de las guerras civiles, además de una diversificación de la naturaleza de los problemas a los cuales se enfrentan los estados (económicos, sociales, medioambientales, terrorismo, etc.) y su dimensión, ya que estos van más allá de las fronteras estatales.

Por lo que la transformación de las dificultades a las cuales se enfrentan los ciudadanos del mundo, ha implicado a su vez, una evolución de las operaciones de mantenimiento de la paz, adaptándose así a la forma en que los conflictos han evolucionado. Hasta la fecha ha habido tres generaciones de misiones de paz. Hoy en día, estamos experimentando su cuarta fase de transformación. Ahora bien, sigue faltando un elemento en la nueva fórmula: la presencia de un número mayor de mujeres en las misiones de paz.

Introducción

La inclusión de la perspectiva de género en las relaciones internacionales y, más concretamente, en el ámbito de la resolución de los conflictos armados y el mantenimiento de la paz ha tenido un arduo largo recorrido, ya que no siempre ha sido observado como necesario o con buenos ojos. De hecho, a día de hoy “la ONU y otros poderosos [mediadores] sucumben ante las peticiones de no tener mujeres en la sala”, por lo que “cuando el gobierno local dice ´no queremos mujeres´, la comunidad internacional se compromete y dice ´OK´”. Esto ha conllevado que en las últimas décadas, entre 1992 y 2011, el 4% de las personas firmantes de acuerdos de paz y menos de un 10% de las que intervinieron en las negociaciones de paz y un 2% de los mediadores principales eran mujeres. De hecho, los últimos estudios empíricos concluyen que sólo se admitieron grupos de mujeres durante las negociaciones, en aquellos casos en que las organizaciones locales e internacionales (en contraposición a los equipos de mediación o los partes en la negociación) presionaron fuertemente por la inclusión de su participación en la mesa de negociación.  En otras palabras, las mujeres, no son observadas como actores legítimos en el proceso de negociación y los procesos de paz. Por lo que, para poder superar esta barrera existente, es necesario entender el “porqué” de la existencia de la barrera y “cómo” superarla. A su vez, es necesario contra argumentar a esas voces críticas que se oponen a ello,  el “por qué” es necesario abrir el espacio de negociaciones a las mujeres.

¿Por qué existe tal resistencia a la entrada de las mujeres en las negociaciones?

Normalmente no se tiene a las mujeres en cuenta como agentes participantes de la mesa de negociaciones, por una simple y, a su vez, obvia razón: los agentes asociados al conflicto son los que encabezan las negociaciones de paz. Aunque los acuerdos de paz vayan más allá de la delineación del cese al fuego y asientan las bases para la paz y la futura reconstrucción de la sociedad, creando así pues los marcos jurídicos necesarios para los procesos de transición, las negociaciones se dan a puerta cerrada con un número reducido de participantes.  El trazado de esos procesos son dirigidos por las elites nacionales e internacionales que con frecuencia no incorporan el conocimiento local y las expectativas públicas en el proceso de toma de decisiones. Además, los acuerdos iniciales, los cese al fuego, no incluyen ninguna disposición en la cual se vayan a incluir una mayor pluralidad de voces en las siguientes fases del proceso, por lo que consecuentemente, es poco probable que mujeres y otros actores “no tradicionales” tengan la oportunidad de participar. Aún siendo partes integrantes de la ciudadanía, no tienen poder de decisión. Es proceso de paz despótico. Pero, ¿por qué?

No considero que sea simplemente por una cuestión de género, sino más bien de poder. Las negociaciones de paz, son como cualquier otra negociación: distintas partes intentan llegar a un acuerdo siguiendo o bien dinámicas cooperativas o bien dinámicas conflictivas. Cuanto más conflictiva sea la dinámica de la negociación, más necesario será tener un mayor poder de negociación, por lo que un número menor de participantes  implicará una menor dispersión del poder y, por tanto, mayor concentración en una de las partes. Por lo que, es un comportamiento estratégico racional que las partes en conflicto no quieran otros actores presentes en la mesa de negociaciones, a no ser que eso les de una ventaja competitiva. Así, si la mujer no participó en el conflicto armado como grupo, tendrá pocas opciones a sentarse a la mesa como tal.

Ahora bien, además de ser parte de la sociedad en conflicto, las mujeres también pueden tener un rol activo directamente como participantes en la mesa de negociaciones, como observadoras, en la consultación, comisiones inclusivas, talleres de resolución de problemas, en la toma de decisiones públicas o a través de la acción cívica. No obstante, como ya se ha mencionado anteriormente, el estudio presentado por ONU Mujeres (2012) “Participación de las mujeres en las negociaciones de paz: relaciones entre presencia e influencia”, muestran el bajo porcentaje de mujeres presentes en los procesos de paz. Entonces, ¿quién tiene la capacidad de mejorar la situación actual?

¿Cómo se puede superar las barreras existentes?

¿Quién? En dos palabras: Naciones Unidas ¿De qué manera? Como explica Rubinstein uno de los elementos innovadores de la cuarta generación de misiones de mantenimiento de la paz es el papel que se le concede a la cultura.  Según él, “la legitimidad de las Naciones Unidas depende en parte de su apoyo a una inversión cultural: crea un espacio socio-político en el que las acciones que serían inaceptables o insensatas para un estado normal se consideran normales y aceptables[…] La justificación de las misiones de mantenimiento de la paz se han desarrollado bajo la influencia de esta metáfora fundamental de un orden mundial pacífico encarnado en las Naciones Unidas”.

Esta cultura de paz impulsada por las Naciones Unidas es la que, a su vez, le da legitimidad para actuar. Por lo que su papel como guardián fundamental del orden mundial pacífico es lo que le da la capacidad de impulsar una mayor perspectiva de género durante la resolución de los conflictos y el posterior mantenimiento de la paz. En este sentido, la Resolución 1325 (2000) del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas fue aprobada por unanimidad el 31 de Octubre de 2000, reconociendo que el conflicto afecta a mujeres y niñas de manera diferente que a los hombres y niños, además que las mujeres deben formar parte de la resolución de conflictos y la consolidación de la paz a largo plazo. Para que esto suceda, es necesario cambiar en gran medida la prevención y resolución de conflictos, el mantenimiento de la paz y la consolidación de la paz, siendo esto sólo posible adoptando una perspectiva de género para considerar las necesidades especiales de las mujeres y niñas durante los conflictos, la repatriación y el reasentamiento, la rehabilitación, la reintegración y la reconstrucción después del conflicto.

La Resolución 1325 está relacionada con varias otras resoluciones que también conciernen el tema de la Mujer, la Paz y la Seguridad, aprobadas después del año 2000 (Tabla 1). Las siguientes resoluciones han intentado solventar los distintos problemas que han ido surgiendo desde la Resolución 1325, además de proteger y empoderar a las mujeres.

¿Por qué se deben superar tales barreras?

Primeramente, porqué como bien dice la Resolución 1325, las mujeres experimentan el conflicto de manera de los hombres. Como defienden Marie O´Reilly, Andrea Ó Súilleabháin y Thania Paffenholz (2015), los hombres constituyen el grupo principal de combatientes, por lo que son más propensos a morir por efectos directos a la guerra. Mientras que las mujeres tienen más probabilidades de morir a causa de los efectos indirectos de ésta, después de que el conflicto termine. Su muerte se debe a causas relacionadas con la ruptura del orden social, los abusos de los derechos humanos, la devastación de la economía y la propagación de enfermedades infecciosas. Diversos estudios demuestran también una correlación entre el aumento de la violencia doméstica y de abusos sexuales a partir del estallido del conflicto, perdurando aún después en contextos posbélicos.

Esto nos conduce a una segunda razón. La percepción de la seguridad por parte de las mujeres puede no coincidir con el clásico concepto de seguridad, el cual ha dominado históricamente en el campo de la resolución de conflictos y ha sido desde una perspectiva masculina, por lo que la seguridad no es observada en su naturaleza más multidimensional. Es necesario la aceptación de una nueva definición del concepto que tenga en cuenta las necesidades de seguridad física tanto de mujeres como de hombres. Esto sólo se podrá lograr, por un lado, incluyendo a las mujeres en el proceso de negociaciones de paz y reconstrucción y, por otro lado, si los gobiernos, las organizaciones multilaterales y otros entes participantes del establecimiento de la paz y su consolidación dejan de tratar de modo separado los contextos de conflicto y posconflicto, ya que las amenazas físicas a las cuales se enfrentan las mujeres no queda reflejada en estas categorías.

Finalmente, los dos puntos anteriores nos conducen a un tercero. El alto al fuego no significa el fin del conflicto, sino el fin de la violencia directa, siendo esta la punta del iceberg (del conflicto), sino al establecimiento de una paz negativa. Por lo que la paz positiva solo puede llegar después de un arduo trabajo de reconstrucción y reconciliación entre las partes. Así pues, como bien afirma Elkarri, organización pacifista de Euskadi, “el mejor recurso para activar un proceso transformativo en una situación de conflicto yace en la propia comunidad afectada. Su deseo y motivación por la paz es el mejor catalizador para generar un proceso de paz”. De ahí la necesidad de trabajar con las personas en conflicto (entre ellas las mujeres) y no tanto para las personas en el conflicto.

De hecho, un estudio cuantitativo reciente realizado por Laurel Stone sugiere que la participación de las mujeres tiene un impacto positivo en la durabilidad de los acuerdos de paz. Stone ha comparado la presencia de mujeres como negociadoras, mediadoras, observadoras y firmantes en 182 acuerdos de paz firmados entre 1989 y 2011, con el periodo de tiempo que el acuerdo de paz ha durado, llegando a la conclusión que la participación de las mujeres si que tiene un impacto estadísticamente significante, el cual es positivo (Gráfico 1). Cuando se incluyen a las mujeres, los acuerdos de paz tienen un 20%  más de probabilidad de durar al menos 2 años. Además, su participación tiene un impacto mayor a largo plazo: un acuerdo de paz tiene un 35% más de probabilidades de durar quince años si las mujeres participan en su creación.

La participación de las mujeres y la duración de los acuerdos de paz | Fuente: O´Reilly, Marie; Ó Súilleabháin, Andrea; Paffenholz, Thania (2015). “Reimagining Peacemaking: Women´s Roles in Peace Processes”.
LA PARTICIPACIÓN DE LAS MUJERES Y LA DURACIÓN DE LOS ACUERDOS DE PAZ | FUENTE: O´REILLY, MARIE; Ó SÚILLEABHÁIN, ANDREA; PAFFENHOLZ, THANIA (2015). “REIMAGINING PEACEMAKING: WOMEN´S ROLES IN PEACE PROCESSES”.

Conclusión

En la actualidad, la puesta en marcha de una cuarta generación de misiones de mantenimiento de la paz, presenta como su reto mayor,  el uso más activo de la perspectiva de género,  lo que implicaría tener en cuenta a las mujeres en plural y no en singular, ya que en el conflicto coexisten distintas realidades de mujeres. Mientras algunos grupos de mujeres serán sujetos directos del conflicto, otros grupos actuaran como terceras partes mediadoras de éste. Incluir a las mujeres también implica enriquecer con distintos matices multidimensionales los conceptos de cultura de paz y seguridad humana, ya que las mujeres y niñas tienen unas necesidades de seguridad física distinta a los hombres.  Además de que su presencia en la mesa negociaciones implican un aumento de las probabilidades de éxito y de durabilidad de los acuerdos de paz.

Este artículo ha intentado dar respuesta a varias preguntas: al  “por qué” de la discriminación, al “cómo resolverla”, al “quién la puede resolver” y, finalmente, “por qué se debe resolver”. Así pues, una vez dicho esto, una última pregunta que se deberían plantear los intelectuales que participan en el debate que esboza las características de esta mencionada cuarta generación de misiones es: ¿sería posible hablar de esa cuarta generación si las mujeres en un número elevado no se hayan involucradas/representadas en ellas?

Fuente: Brupek.com

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